CHIJERÉ
La vela encima de los potes transparentes con un
paquete de galletas dentro. La linterna roja encima del otro pote con bizcocho. Casi al centro
de la mesa el camping-gas encendido medio ruidoso. A un lado pegado a la pared encalada al
correcorre; la fruta: plátanos y peras de aquí, manzanas de afuera. El pequeño transistor emite
en una emisora portuguesa danzas moras con interferencias. Debajo de la chimenea medio
blancuzca, tres llamitas con algodón ensopado en aceite en una lata de sardinas de las
grandes.
En otro tiempo no muy lejano estaban los fogones de
leña. Por eso todavía está el ropero, pequeña despensa, negruzco. Tongas de palos de haya,
talahages y carrascos de brezo debajo del poyo. Entonces dormimos los niños, mamá y abuela en la
cocina de azotea; en el cuarto dormitorio goteaban las tejas ensopadas de agua de tanto llover.
La mantas en el suelo y hasta mañana con la lechita de cabra acabada de ordeñar. Los belidos
mimosos del baifo nos despertaban temprano.
Ahí está la vieja estribada a sus sueños sonoros junto
al postigo de la noche en que el viento gime con una rabia de venganza. Abre de refugón de vez
en cuando la puerta, empeñado en no dejarla cerrar. Bostezamos juntos a ver si libramos la
agonía. Principios y finales suelen repetirse. Salí chubascando por la mañana y me recibió
igual.
Chijeré: la erosión del desengaño, desnudarse al soplo
de la pura naturaleza con los misterios boca arriba. Correr al borde del acantilado perdiendo el
contacto de los pies con la tierra de colores ardientes. Vamos en el momento de la nada al arco
iris marino.
Una raíz de sabina símbolo de la guerra vital por su
cogollo sensible. Voces de mujeres como lava ardiendo en el aire. Olvídate si quieres
encontrarte. Abraza esa piedra y estamos en camino al infinito: ¡Chijeré!
Torres Vera, Juan Manuel (1991): "Chijeré".
Extraído de la colección de relatos "Nunca fui a Garatusa". Editado en la colección
"Nuevas Escrituras Canarias". Ed. Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de
Canarias. La Laguna, Tenerife.
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Chijeré, tierra de colores ardientes.
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BAJO EL VIENTO DE ARGUAMUL
A Petra Fernández de García
Reconozco este viento. El también reconoce,
en mi modo de oírlo, aspectos familiares.
No llega de la mar, no es un esclavo
de rosas y cuadrantes.
Ningún observatorio
ha podido apresarlo en unos signos,
cristalizar sus ansias,
quebrantarle su sed de lejanías,
atarlo de una ráfaga.
Nadie le ha visto nunca con los ojos cerrados
posar sus alas en un árbol,
dormirse en una roca,
olvidarse,
perderse,
renunciar a sí mismo.
Trae la fuerza de un sueño,
un temblor de caminos vírgenes,
soledad y desnudez de un alma en pena.
Sí, no me digas más; me basta con tu forma
de planear las distancias,
de partir horizontes como cañas de junco,
de dar vuelo a la piedra para saber quien eres:
el caballo a galope de los años de ayer,
el salvaje espejismo
de un arrebatado trompo de mariposas,
la carnación de un mundo cordial como una mano.
Bien sé de donde vienes.
Te has nacido en mi adentro,
más allá de la frente,
en un oscuro vendaval de sangre,
allí donde la sombra vive el sueño de un río.
Llegas desde mi infancia, buscando sin descanso
rostros que no se alzan a la luz de otros ojos,
gestos que han naufragado bajo tierra,
vientres que ya no pueden dar la fuente de un hijo.
Y así vas registrando tejadizos y nubes,
angustias y arcoiris,
nidos y aconteceres,
igual que busca un hombre su libertad perdida.
Pedro García Cabrera1, Entre 4 paredes (1968).
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